Despedida en dos actos
A Marta.
1.
-Voy para Pisac- escribí.
Esperé unos minutos a que respondiera, pero sólo leyó el mensaje, y lo dejó allí. No volvió a conectarse. Salí con una determinación pesada y fatigosa, con un leve temblor en las manos. Bajé hasta Tandapata, casi sin pensar, avanzando en línea recta el largo camino hasta la parada de las combis. Ya había hecho este viaje cincuenta, quizá cien veces, de Cusco al valle, ida y vuelta. Me pareció que podía ser el último, el viaje definitivo. El cielo estaba nublado; había llovido -misteriosamente- desde la tarde anterior. Las lluvias en Cusco suelen ser breves, y las sucede pronto un sol redentor y renovado. Pero esta mañana las nubes persistían. Ví los puestos de mercadería, los pueblos al borde de la ruta, teñidos del gris del cielo del mediodía. Pensé en comer, pero el estómago se me hizo un puño, y abandoné rápido la idea. Me pregunté qué haría exactamente. Le había dicho que la esperaría en Kula. Si es que venía. Bajé de la combi y caminé por el pueblo casi vacío. Me sorprendió lo rápido que había llegado: una hora atrás estaba en Cusco, sentado en mi habitación, y ahora caminaba por Pisac. Esa distancia, estos últimos meses, se me había hecho extrañamente amplia, como dos universos aislados entre sí. Pensé que nunca más volvería a aquel pueblo escondido entre cerros, colmado de extranjeros curiosos y confusos misterios espirituales. Entré en el café y me pareció que todos me miraban, como si acabara de subir a un escenario. En una segunda inspección, pude ver que nadie me había reconocido. Era mi propia conciencia la que me observaba. Revisé bien: ella tampoco estaba. Me senté en la mesa más cercana a la puerta y me trajeron la carta. Pensé en pedir una limonada, por si venía; o un Masala Chay, como la última vez que habíamos estado en ese bar. Alguien le había dicho, aquella vez, que parecía enamorada. Luego había venido a contármelo, en voz contenida, sonriente y alegre.
Estoy en Kula, escribí. Quedé mirando los tildes.
-Disculpe -dijo la mesera-. ¿Va a desear algo?
Tuve la sensación de que no iba a venir. Me estaba haciendo la idea yo solo.
-No, está bien -dije, y devolví el menú. -Voy a salir.
Volví a la calle y esperé en la pequeña esquina del café, acaso para verla llegar. Conocidos y desconocidos pasaban mansamente por la calle. Algunos turistas conversaban sin apuro bajo la llovizna tímida. Usbaldo pasó con el pequeño Sayri corriendo una carrera; me saludó en velocidad, y siguieron hasta el mercado.
-¡Vamos a buscar algo para comer!
Me pregunté si me veía raro, o si estaba enojado, o tenso, o fuera de lugar. Giré la cabeza, previendo que aparecería ella por una esquina, en cualquier momento. ¿Me veía como un loco? ¿Es de locos esperar a alguien que no te ha citado? ¿O la locura es no saber quedarse quieto, esperar? Esperar, esperar por siempre, sin límite de tiempo. Me dije a mi mismo: necesito verla. Necesito saber que está bien, que aún me puede hablar. Que puede decírme las cosas de frente, con sus propias palabras. Necesito saber si ella es real, y también si yo lo soy.
La llovizna me hacía sentir el rostro en pequeños puntos fríos. La calle había quedado vacía, como si de pronto me mirara. Todo a mi alrededor estaba quieto, iluminado por dentro con un sentido interno, extrañamente trascendente. El momento tenía la cualidad hiper-lúcida de las cosas que luego se recuerdan con todo detalle, como en cámara lenta, a lo largo de los años, en la intimidad de la memoria. Me ví a mi mismo en el futuro, pensándome. Me vi en todos los futuros posibles, analizando mis acciones de aquel día, repasando errores irreparables, incluso los que no aún no había cometido. Quise contárselo, quise decirle: mira, Marta, estoy viendo este instante en el futuro. Nos estoy viendo juntos, viviendo este momento, ahora; pero también mañana, cuando lo recordemos, cuando veamos atrás, y entendamos. Pero ella no estaba. Pensé, de nuevo: recordaré este instante, esta esquina, esta soledad, demasiado tiempo.
Subo pues, le escribí. Había leído los mensajes, pero no los contestaba. Me sentí fatigado, angustiado con antelación. Di unos pasos hasta la calle del mercado y tomé hacia arriba, por los campos. Ya no había gente en las mesas, entrada la tarde. Las ruinas en la altura y las nubes me parecían igual de oscuras y chatas. Caminé lentamente, como en un trance, ruta arriba. Me imaginé los desenlaces posibles de lo que estaba por hacer. Todos me parecían nefastos. Los descarté por excesivamente dramáticos.
El pequeño barrio de la Rinconada estaba casi vacío. Cierta desolación ancha y familiar llenaba la calle con algo parecido al sopor. Ví las casas conocidas, las viejas puertas, el viejo quiosco. Miré hacia la casa de Brint al pasar: ví la puerta entreabierta. Luego subo, pensé. El viejo y bueno Brint: tal vez sepa guiarme en mi estupidez. O al menos compartirla solidariamente. Seguí hasta otra casa, la de más arríba, donde la había visto la última vez, donde la había ayudado a mudarse, y luego nos habíamos despedido con frialdad. Había algunas cosas nuevas: un letrero vuelto a pintar, un cartel de un evento al que no fui. Me sentí afuera de todo, como un fantasma. Golpeé la puerta de madera. No hubo respuesta. Miré la cerradura: estaba cerrada con candado, del lado de afuera.
Volví a lo de Brint, caminando, anónimo. He soñado con este momento muchas noches, me dije, aunque ahora no lo recuerde. Subí las escaleras rojas por centésima vez. Aquella había sido, también, hacía un tiempo ahora largo, la entrada a mi propia casa. Ahora era todo parte de un pasado algo confuso, parecido a la juventud.
-Hola - dije, entrando hacia la oscuridad de la puerta semiabierta. Pude ver en la oscuridad que esta casa estaba algo diferente: los muebles en distinta posición, tal vez. Me sentí afuera de todo, como si nunca hubiera estado allí realmente.
Desde la penumbra vi el perfil de Brint en la sala. No lo veía hace meses.
-Hey. Pedro.
Di la vuelta y me acerqué. Brinton no se levantó de su sillón. Había puesto una pantalla grande sobre la mesa, a un metro de sí. Noté que le costaba dejar de mirar el brillo encandilante del monitor. Saludé a Paula, sentada a su lado. A ella tampoco la veía hacía meses. Le había enviado un mensaje de audio, hacía ya tiempo, desde la soledad más triste, buscando una voz amiga. Pero no lo había escuchado, ni había dicho nada. Tenían un control remoto en la mano cada uno, y jugaban carreras de videojuego. Me miraron con curiosidad.
-¿Quieres jugar? Compramos un Playstation, ayer. Tenemos Playstation ahora.
Decliné la oferta. Me preguntaron cómo estaba.
-Bien -dije, y traté de no mentir. -Estoy bien.
Ellos estaban bien, también, dijeron. Bien. Brint se levantó a hacer algo. Paula siguió jugando la carrera en la pantalla.
-Paula, ¿qué haces?- se quejó Brint desde la cocina. Paula puso pausa y dejó el control. Me miró con media sonrisa.
-¿Estás en Cusco? -preguntó.
-No, estoy aquí -le dije.
-En Pisac.
-Si, en Pisac.
- Y, ¿dónde estás viviendo?
-En Cusco. Pero ahora estoy aquí. En este momento, quiero decir.
-Ah.
Me puse de pie de nuevo. No había nada que hacer.
-Disculen, ¿saben dónde vive Marta?
-En la casa de arriba... pero está con Fede.
-Está bien.
Me explicó cuál era la casa. Quería ayudarme, sinceramente, pensé. A pesar de todo, quería ayudarme.
-Pero mirá que está con Fede- insistió.
-¿Y qué?
-Que le avises antes de ir.
-Está bien. Ya le escribí.
Les agradecí y les prometí volver más tarde. Subí pausadamente hasta la casa de arriba. El camino me pareció eterno. Lo había hecho incontables veces, cuando yo mismo vivía en aquella otra casa, hacía unos meses, pero esta caminata era sin duda la más larga de todas. No había nada en medio: sólo montañas, y maíz y ruta, y las nuevas casas de adobe, brotando deshabitadas al ritmo de futuros inquilinos. Caminé sin pensar. Sólo quería verle la cara. Pensé que estaba cerca de ella ahora, y eso era bueno. Tuve miedo de no encontrarla: de que hubiera escapado de su casa para no verme. Pero era imposible. Yo estaba aquí, y de algún modo ya estábamos cerca. Llegué por fin, y llamé su nombre desde el asfalto, sin acercarme a la puerta. Alguien se asomó por la ventana, desde la casa de al lado.
-Hola- dije. -¿Conoces a Marta?
-Si -dijo el muchacho, sonriendo, con acento colombiano-, pero no están. Se han ido a Hatha Yoga. Es más abajo.
Agradecí con la mano y desandé todo el camino. Los autos pasaban ajenos bajo la llovizna, en dirección opuesta a la mía. Llegué a Hatha Yoga, dudé un segundo frente a la puerta; luego entré y pregunté por ella. Una chica que había visto alguna vez, en otra vida, me sonrió con gentileza.
-Están ahí abajo, en el jardín -dijo, mirando por la ventana.
-Gracias.
Tomé las escaleras. Al ir bajando ví su rostro entre las maderas de la pérgola, sus ojos redondos y marrones mirándome a través del tiempo. Di un rodeo en el patio y me acerqué a ellos, a todos juntos. Creí haber frecuentado ya la misma situación, en otro lugar, en otra época, como una obra que se repite. Dos amigas la escoltaban, sentadas en un banco, mirando sus teléfonos. Alguien más, estirado sobre un sillón, miraba con distracción un celular. Todos me miraron; fijé mis ojos en ella, en los ojos de Marta, y ella los suyos en los míos. Me pareció que alguien, en algún lado, contenía una exclamación.
-Hola -dijo, sin moverse, con acostumbrada simpatía.
-Hola.
Me sentí parado e inexplicable.
-¿Quieres hablar? -dijo. Se levantó y vino hacia mí.
-Sí.
La seguí; nos alejamos de los demás. Subimos las escaleras y pasamos a una habitación vacía y silenciosa. Nos sentamos en sillones separados, frente a frente. Nos miramos confusamente, esperando cada cual que el otro hablara.
-Qué sorpresa verte -mintió.
-¿Cómo estás? -pregunté.
-Estoy bien- dijo, afirmando lentamente con la cabeza. Luego pareció dudar un poco. Algo le pesaba. Su rostro era hermoso y también neutral, como un pájaro que se aleja. Me preguntó como estaba yo.
-Quería saber cómo estabas, le dije. Quería saber que estuvieras bien.
Confirmó con la cabeza y los ojos. Era difícil saber cuándo creerle: el tiempo me había enseñado que un sótano de dolor la habitaba, aún en plena risa.
-¿Qué estás haciendo?, preguntó con inocencia, queriendo llevar una conversación amistosa.
La miré y sentí infinita ternura. Me ví a mi mismo al cabo de aquellas semanas, en que todos mis días habían sido variaciones de la espera, en todas las formas: la culpa, el amor, la nostalgia, la esperanza, la desesperanza. Pensar, pensar en tí, todo el tiempo, me dije. Eso he hecho: pensar en tí todo el tiempo. En cada cosa que hago, Marta, en todos los momentos: estar cerca tuyo, como si no hubiera habido nadie más. Callé las palabras y traté de sonreir, pero mi cara se transformó en una mueca al borde del llanto. Cerré los ojos e intenté que el pensamiento no me arrastrara. Volví a verla entre las lágrimas: me miraba impasible, como una novia, o como una hermana, o algo en medio de ambas. Ya no podía hablarle. No así. Siempre habíamos tenido una telepatía natural, o más bien sobrenatural, aunque ella, quizá por nervios, o por amabilidad, no pudiera evitar acercarse siempre con preguntas casi de formulario. Pero ahora, al final, ya no tenía nada para decir. Nada que pudiera cambiar la realidad, por lo menos. Estaba todo roto, como un jarrón que acaba de romperse en medio de la sala, y entonces nadie puede hacer otra cosa que mirar el suelo y callar, y esperar que alguien diga algo. Pero nadie dice nada.
-A veces siento ambigüedad de tu parte- dijo. -Una mezcla de atracción y enojo hacia mí.
Ya me había dicho aquello la última vez. Buscaba una respuesta de mi parte, pero aún no descubría cuál era.
-¿Quieres que te acompañe de regreso?- pregunté. Ya estaba bien. No quería que sintiera que le robaba el tiempo.
-No, está bien. Tranquilo.
Me pareció bella y dulce, otra vez. Había algo de trágico e inmodificable en la situación. Nos miramos un rato sin decir nada, hablando sin palabras; yo tratando de no juzgarla, ella tratando de volver a ser la que había sido tan hondamente, aunque sea por unos minutos, por un instante, para mí, una vez más.
-¿Qué planes tienes? -preguntó.
-No lo sé -dije. Era cierto. Pensé en mi vida: una nube gris ocupaba el siguiente minuto, y todos los demás. Me sentí huérfano, en medio de la nada, vaciándome como un balde pinchado. -No lo sé.
Tomó la palabra. Dijo que estaba algo agotada del trajín de los últimos días. Había organizado un festival de varios días en el pueblo, en nuestro pueblo. Me había pedido distancia durante esos días, y yo, confusamente, le había hecho caso. Me había movido en Cusco como un desposeído, durante uno, dos, tres meses, preguntándome qué hacer, a cada paso fingiendo una dirección arbitraria que luego tomaba con simulada decisión. Todo había salido bien, dijo. El festival había salido bien. El equipo que había armado la estaba acompañando. Todo iba abriéndose según lo había imaginado: los últimos eventos, las conferencias, el proyecto del parque, la revista.
-Todo se ha acomodado. Cada cosa va encontrando su cauce.
Percibí un matiz de previsibilidad en su entusiasmo, de acostumbrado aburrimiento. Pensé que todo aquello, todo lo que mencionaba: el parque, la revista, los sueños; todo lo habíamos planeado, en algún momento, como dos niños pequeños, casi a solas, ella y yo. Pero no lo recordó, tal vez, o lo omitió deliberadamente. Ahora tenía un equipo que la acompañaba.
-¿Y tú, cómo te sientes? -insistió, al terminar.
La miré de nuevo, sobre la vieja mirada. ¿Qué debo decir?, pensé. ¿Por qué me lo pregunta, si sabe que estoy desarmado, que la necesito cada día? ¿Que ella era todo, y la perdí en un minuto, y nadie, ni Cusco, ni Pisac, ni el cielo, ni la lluvia, ni las gentes, ni tú: nadie me ha explicado nada? Tal vez se esté haciendo la pregunta a sí misma, me dije. Tal vez deba contestar lo que ella desearía contestarse, si pudiera verse de frente, y escucharse. La miré y le pedí en silencio que me diera las palabras. La respuesta brotó inmediatamente.
-Me siento un poco solo.
Asintió con la cabeza. Me invadió la pena. Marta, Martacha. No sabes cuánto te he querido, Marta. No sabes cuánto te has parecido al cielo de la mañana, cada mañana, durante tantos meses, estuviera donde estuviera. No lo sabes, porque sino no estarías allí, sentada, diciendo que todo está bien, que ahora vives con otro, el mismo que una vez dejaste porque no te respetaba, y que ahora todo va a estar bien para mí.
Alguien se asomó a la puerta.
-Ya está la comida.
-Ya voy, dijo.
Volvimos a mirarnos en silencio.
-Ha sido tan raro -dijo con voz suave, mirando hacia un horizonte imaginario-. Hay muchas cosas que aún no entiendo. Sabes, he sentido, no sabría explicarlo bien... como si una fuerza me atrajera hacia tí, desde el principio; algo que estaba mas allá de mí misma. Como si hubiera caído... no lo sé, hipnotizada. Quiero decir: sentía, sobre todo en las últimas semanas, que no era yo misma. Que lo que hacía estaba fuera de mi voluntad. Y luego, cuando ocurrió lo de Júpiter, en ese momento, fue como si me despertara -dijo, con un gesto-. Sentí que despertaba de un sueño. Y entonces, algo me dijo, me dí cuenta: que no iba a ser contigo.
Me miró. El ser humano es una criatura insondable, pensé. Con la misma calma, hacía no tanto, con la cara llena de ternura, me había dicho las otras palabras: y entonces supe que era contigo. Y también había dicho, con emoción: y viajaremos juntos, y envejeceremos juntos. Y tendremos hijos, y los veremos crecer, sentados frente a nuestra casa. Todo eso había dicho, y yo le seguí el juego hasta el final. Porque esa noche habíamos visto una lluvia de estrellas fugaces, en el patio, compartiendo la manta ancha. Y habíamos contado las estrellas, porque eran tantas, que era un prodigio. Yo nunca había visto tantas estrellas. Y en la oscuridad habíamos hablado infinitamente. Y yo temblaba, porque sabía que la belleza en verdad es fugaz, y nunca se vuelve del todo a los momentos más sutiles. Pero también dijiimos, asumimos que lo instantáneo era eterno, y que el universo estaba hecho, misteriosamente, a nuestra exacta medida; yo lo dije, y ella lo dijo, y luego nos abrazamos un poco más, y contemplamos en el cielo la ocasión improbable de habernos conocido. De habernos descubierto mutuamente, ella y yo, entre tanta gente, preguntándonos: de verdad, ¿qué chances había, de encontrarnos, justo nosotros, solitarios irredentos? Porque de pronto, la soledad, la pena de cada tarde, de cada cena, del cuerpo aislado: todo eso ya no existía: en su lugar, ocupando completamente aquel triste destino asumido, se había impuesto algo nuevo, este evento indescriptible, esta yapa cósmica de haber coincidido en el tiempo y el espacio, y haber sido valientes para ponerle un nombre y decir que era amor. Y prometer que ahora nos teníamos sin límite el uno al otro. Y de sentir que el mundo nos amaba también por eso, devolviéndonos la sonrisa como un espejo. Volteamos para ver todo el cielo: la cercanía de los cerros amplificaba la intensidad de la noche, y la silueta de las antiguas ruinas se recortaba larga, detrás nuestro, como un rostro perenne contra la penumbra del espacio sideral. Todo eso vimos, y todo eso dijimos, esa y otras veces. Y nos besamos, después, y compartimos un cigarro, y nos quedamos un rato más allí, porque sí; porque no había nadie más en el mundo que nosotros dos bajo esa manta. Y nos fuimos a dormir, y nos envolvió dulcemente el calor de los cuerpos tendidos en la cama compartida. Aquella vez, hacía no tanto.
-¿Me entiendes lo que digo?, preguntó, mirándome con seriedad.
¿Por qué dirá esas cosas? pensé. Es tan extraño. Me dije que su descripción, la sensación de haber caído en hipnosis, se ajustaba igual de bien a otro evento igual de mágico, igual de inexplicable e infrecuente: el de estar enamorada. Así lo sientes, en verdad: algo te saca de tí mismo, y te arrastra como un río de mil metros de ancho, y corre rápido, más rápido que tu: más rápido que tus padres, y tus amigos, y que el pronóstico del clima, y que el timbre del teléfono. Y ese río eres tú mismo, son tus sueños reflejados, tus visiones íntimas, que regresan para agradecerte por no haberlos olvidado. Y aparecen en otro rostro que te mira asombrado; y el agua de ese río es el amor, lo llamas por su nombre y te responde: el amor profundo del mundo que te ha encontrado, el amor que te ha reconocido y te acompaña, como un color nuevo, como una melodía a tu medida, en cada pensamiento, en cada posible futuro imaginario. Te has enamorado, quise decirle: te has enamorado, Marta, y yo de tí; los dos nos hemos enamorado, aún cuando hemos tratado de evitarlo. Aún cuando a cientos de kilómetros, ya despedidos, ya extraviados, nos hemos buscado, vuelto a buscar, y luego de una espera larga como un cuento mudo, al fin nos hemos vuelto a ver. Y aún somos eso, estos dos, tu y yo: allí mirando el cielo, contando prodigios con los dedos, tus manos y las mías: y a mí no me ha pasado nada como tú, nada igual, ni antes, ni después. Y temo nunca poder olvidar ese momento, y este también, y todos los que hemos compartido: tu rostro, tu nombre, y la cercanía; y que me persiga a donde vaya, sutil e inacabable, tu ausencia, como una premonición, o un designio inexplicable.
-¿Entiendes?, insistió.
Entendí que buscaba un cómplice para poder decir que nada real había pasado entre nosotros. Se necesitan dos para una mentira. No dije nada por un rato. La miré con cansancio, con íntima pena. ¿Para qué hablar? Algo parecido a la compasión me aplastó, se llevó mi nombre, y me cubrió como un fuego frío. Sólo quedaron mis huesos, y un libreto usado y aburrido.
-No. No lo sé -dije, al final.
Hizo un gesto disimulado de impaciencia. Pude ver cómo se arrepentía, inmediatamente, bajando la vista, haciendo lo posible por comprenderse a sí misma. Ví otra vez aquella soledad suya, tan intensa, que yo había amado desde una distancia infranqueable, aún estando cerca, con tanta hondura. La culpa que la habitaba silenciosamente, como un nombre, su nombre, que era el mismo de su madre; la obsesión por no fallar, por no herir: pero sobre todo por no fallar. Me dio a entender, para aclarar las cosas, que había vuelto con su ex pareja.
-Ahora estoy en otra -dijo, haciendo un gesto vacío con la cara, señalando en dirección al jardín. Quise preguntarle si estaba enamorada, pero ya sabía la respuesta. Me imaginé a su antigua, su nueva pareja, ahora tendido en un sillón de pallet, ensimismado en su celular. Él le había jurado, le había repetido varias veces, después de su separación, que lo nuestro, lo que crecía como una higuera entre nosotros dos, era en realidad fruto de un amarre, de un maligno hechizo brujeril. Era mi cumpleaños, aquella vez, y compartíamos un café y una torta; y me dijo: mira lo que me están diciendo de tí. Y me mostró el mensaje, y nos reímos, y no le dimos importancia. Pero ya no era mi cumpleaños; ahora el cielo era una sola nube gris, y aquella idea había crecido en su cabeza hasta convertirse en una sospecha, y al final, en una acusación. Pero era una acusación algo floja, pensé, como sacada de una película de niños magos. En verdad no explicaba nada. No el cariño, en todo caso.
-Tengo que irme- dijo, con un poco de pena-, me esperan a comer.
Se puso de pie, y la seguí. Se acercó unos pasos y me dio un abrazo frío. Pasé el brazo por su espalda: quise sentir su cintura una vez más, pero en seguida ya no estaba. La seguí con la vista mientras se alejaba. Subió la escalera breve y me miró desde la altura, como una diosa pequeña y terrible, o como una humana excedida en poderes, incapaz de usarlos con plena conciencia. Su expresión era de confusión, y también de despedida.
-Nos vemos- dijo, y no supe si creerle.
Luego salió por la puerta, y no la ví más.
2.
Caminé hasta lo de Brint, vencido. La puerta de la casa seguía abierta. Pasé y me senté detrás de la pantalla en silencio.
-¿Cómo estás? -me preguntaron, poniendo pausa a las carreras.
-No lo sé.
-¿No querés hablar?
Me miré las manos. No tenían sentido.
Brint dejó el control de la consola, levantó su cuerpo pequeño, por fin libre del confort, y se acercó a mí sin decir nada, extendiendo sus brazos flacos. Me cubrió con ellos, y yo lo abracé también. Es mi hermano, pensé: este extraño se ha vuelto, acaso por un minuto, mi auténtico hermano, y entiende lo que siento, lo que he sentido, y especialmente lo que sentiré más tarde, cuando ya nadie pueda decirme nada ni abrazarme de ningún modo. Sentí su afecto y me dejé llevar por el llanto, tan sólo un segundo, como una breve cascada pura y terrible. Luego sentí la pena. Me ví a mi mismo desde afuera, inválido, y me contuve.
-Gracias -le dije. Brint había sido mi amigo, y quizá ya no iba a volver a verlo. Pero estaba agradecido con él. Miré a Paula, que ahora miraba la pantalla, aburrida. Brint volvió a sentarse.
-¿Quieres armar un porro? -dijo -creo que podemos fumar.
-No, está bien.
-Bueno, pero yo sí quiero fumar. ¿No quieres armarlo tú?
-Está bien -dije, pero no me moví. Algo del instante me reclamaba absoluta lucidez. Supe que no había sustancia capaz de cambiar la sordidez y la melancolía de la tarde. Miré a mi amigo: ahora miraba de nuevo la pantalla, sin expresión. Junto a mí, una gata amarilla se lamía las patas lánguidamente. Me puse de pie y me acerqué a abrazarlos, para despedirme.
-¿Just like that? -dijo Brint.
-¿Seguro que no querés hablar de nada, desahogarte?
-No, está bien -dije, y les agradecí con una pequeña reverencia.
-¿Vas a Cusco? -preguntó Brint, sin mirarme.
-I don't know -dije, de salida. Me detuve un segundo más, mirando hacia adentro, buscando otra perspectiva; pero sólo pude musitar, de nuevo: -I don't know.
Salí a la calle y caminé en dirección al río Vilcanota. Quise ver el agua correr una vez más. Yo y el río, a solas, sin pretenciones esta vez. Tuve la certeza de que ya no volvería a verlos, a ninguno de ellos: ni al río, ni a Marta, ni a su ex el de los amarres, ni a sus fugaces amigas, ni a Brint y su novia. Todo se había vuelto, de un instante a otro, pasado mítico, duro e irrevocable. Había compartido con estos humanos, frecuentando sus nombres, mirándolos a la cara, tan cerca como se puede vivir de otros seres, uno de los perídos más extraordinarios de la historia reciente, y el más intenso de la mía propia. Habíamos pasado un tiempo extenso como la vida misma, cargado de épica espontánea, y de sorpresa, de días compartidos por destino; y durante meses largos y extraños había llamado hogar a aquel barrio oculto entre los maizales. Y así terminaba todo, con un gesto de indiferencia, arrastrándome como un muñeco viejo, un cuerpo finito y un corazón terriblemente lúcido, en medio un dia gris, en un pueblo fantasioso y cruel que pronto olvidaría, con refinada totalidad, el sonido de mi nombre y la naturaleza de mi estancia.
Pensé en la profundidad del río grande, del majestuoso río Vilcanota. El suicidio me pareció una opción tan clara que, por un momento, mi vida recobró el sentido. Lloré por el camino de tierra como una piedra, cayendo ladera abajo, cayendo hasta ser tragada por las aguas. Visualicé las posibles reacciones de mis amigos a la noticia de mi fallecimiento, luego de unos días, cuando mi cuerpo hinchado se estancara en la orilla y la noticia se esparciera lentamente entre la apatía general. Lo ví a Brint apenado, armándose un porro; a Marta tratando de entender cómo esto cambiaba, una vez más, sus perspectivas sobre la vida, sobre ella misma y sobre sus proyectos. Supe que el río me recibiría con amor imbatible; me pareció entender, también, que no valía la pena morir en esta instancia, vista con objetividad, tal vez algo banal. Alcanzaría, supuse, con cambiar de número de teléfono, desaparecer de la comunicación humana, por unas semanas; quizás para siempre. Para el caso era lo mismo. Podía seguir vivo, de alguna manera. Muerto para el pueblo de Pisac, sí, para el que había sido hasta entonces; pero vivo para un futuro que, por lo menos, no me pedía un pasado para poder habitarlo.
Caminé por el parque frente al río. Me senté sobre el césped a mirar el descampado extenso, con las montañas al fondo. Sobre aquel terreno baldío, al que nadie prestaba atención, ni ahora ni antes, habíamos imaginado alguna vez, entre la seriedad y la fantasía, un proyecto inusitado: una gran ecoaldea, una casa para los humanos, para las plantas, donde cupiera toda la diversidad del espíritu, de todas las gentes, y también nuestro amor que iba creciendo lenta, calladamente: todos nuestros sueños habían tomado forma durante un tiempo sobre aquel paraje, nuestros proyectos de vida en uno solo. Mientras la gripe se comía estúpidamente al mundo entero, nosotros dos nos habíamos encerrado a imaginar el futuro de la especie, a diseñar mapas y colorear hojas cuadriculadas, como si fuéramos expertos arquitectos e ingenieros, consumados humanistas, soñadores de pura cepa. Porque quizá, al final, sí lo éramos. Al final, no teníamos nada que perder.
Llegué al Vilcanota, al río sagrado, más viejo que yo mismo. Nos saludamos cordialmente, el río, las plantas, mi persona, y me senté entre las piedras redondas. Pasaron unos segundos, y me dí cuenta que otra vez lloraba, manando como el mismo río, sin pensamientos. La pena cubría todas las cosas como ceniza volcánica. Unos patos pasaban el tiempo sobre el agua ancha y lenta, hablando entre sí. El río corría, los arrastraba unos metros... los patos recapitulaban, extendían las alas, y volaban unos metros río arriba, al mismo sitio de antes. El proceso se repetía. La llovizna había amainado, y las hojas de los helechos sostenían brillantes, pequeñas bolas esféricas de agua. Ví crecer lo que parecían zanahorias entre algunas piedras. Todo estaba en calma, impasible calma. Me pregunté si ella vendría. Nos habíamos visto en ese lugar, a propósito, y también de casualidad, no pocas veces, tiempo atrás. Tal vez viniera ahora, como en un cuento perfecto. Vería acercarse su cuerpo compasivo, llegando a buscarme, sabiendo que nos encontraríamo y nos abrazaríamos de nuevo. Pero esta vez de verdad. El río se deslizaba por efecto de la gravedad, valle abajo, entre los cerros ancestrales. Repetí los viejos nombres en quechua: Apullinlli, Ventanachayoq, Vilcanota. La cima grave del Pachatusan se acomodaba en la altura insondable, entre un enjambre de nubes tristes. Quise encontrar un sentido redentor en la imagen, en las montañas, en lo natural, pero el universo me pareció incomprensible y cruel. Recordé todos los hechos pasados, con ella, y luego en soledad. El amor irrecuperable, la banalidad del desamor. La cadena de acciones y rebotes tristes que me habían depositado en aquella orilla, sobre aquellas piedras. ¿Será que nunca aprendemos? Volví a mirar el río, pensando qué tan fácil sería ahogarme ahora, cerrar en segundos la historia, y dar todo por terminado. No lo es, me dije, considerando la idea. No es tan sencillo hundirse. Tienes que ahogarte a propósito, o el instinto te llevará a nadar. Acabarás mojado, pidiendo ayuda, avergonzado en el primer pueblo del camino. Habiendo aprendido algo, quizá. Me imaginé mis ropas mojadas, frías por última vez; la visión marrón bajo la superficie, el agua entrando por las fosas nasales, cierto remordimiento tardío e inútil.
Me ví sentado allí, entre las piedras, solo en el mundo. La impresión de la muerte posible, a la mano, me remitió a un abandono neutral y poético. ¿Sómos reales, aún, cuando todos nos han olvidado, cuándo sólo nuestra propia voluntad nos mantiene de pie? ¿Y qué sucede, luego, si también nosotros nos perdemos de vista? ¿Nos llevará la muerte, como si durmiéramos? ¿O vendrá un gran espíritu a buscarnos, a redimirnos? ¿O se abrirá un espacio de luz en medio de la nada, entre la vigilia y el sueño, y brotarán palabras claras, un mensaje como una voz antigua, y nos dirán quiénes somos, y qué hacer, y hacia dónde ir mañana, y todos los días?
No quise levantarme. La brisa suave movía las hojas. Junto al río no había dolor: el agua se llevaba las penas y todo lo demás. Una voz hablaba en mi cabeza, sin quererlo, como entreteniéndose a sí misma, absorta ante la inmensidad del desamparo. Porque el agua se lleva las penas, me dije. Recordé una vieja idea, amasada con los años, nunca llevada del todo a cabo: la de escribir, la de poner furiosamente en palabras el absurdo que parecía perseguirme en cada acto de la vida; la noción de poder revertir la caída con palabras, mirar al vacío de frente; la tarea imposible de unirme a él para poder entenderlo, atarlo al suelo con poesía, e impedir que su apetito voraz llenara todo de melancolía para siempre. Una ráfaga de viento movió los helechos, y los patos levantaron vuelo unos segundos, para volver a apoyarse sobre el agua turbia. No me quedaba más que aquella idea. La contemplé como a una semilla. La voz siguió diciendo, como recordando, reformulando: y el universo me pareció incomprensible y cruel. Dicho por aquella voz, como por acto de magia, algo de luz se había filtrado en mi paisaje, y me mostraba un costado diferente de mi propia situación. Estás solo, junto a la orilla, y te han dejado. Pero lo sabes, y puedes decirlo: porque no te ha dejado tu voz, y no te han dejado las palabras. Y puedes decir tu verdad, y puedes decir: el amor existe, y yo lo siento. Y puedes dejar tu voz junto al río y las montañas, aunque nadie te escuche. Y quizás, también, en alguno de los siglos venideros, alguien te oiga, y la luz se multiplique. Y el vacío finalmente retroceda, aunque sea un poco.
Quise memorizar las palabras, para poder escribirlas. En vez de tomar nota, como había hecho en otras ocasiones, en apuntes a mano que ni yo mismo había frecuentado, repetí las frases lentamente en mi cabeza. Me prometí recordar todo lo que estaba sucediendo, lo trivial y lo relevante, el río y las nubes y cada recuerdo. Y me dije, y la voz dijo conmigo: Debes escribir sobre todo esto. Porque si no lo haces, nada habrá tenido ningún sentido, y seguirás cayendo sin detenerte. Pero si lo haces, si consigues ponerlo en palabras... entonces vivirás por siempre... y una luz, un cuerpo nuevo, como un sol inmenso, un mundo nuevo nacerá dentro tuyo. Y su espíritu desesperado, ese espíritu que es el tuyo, tomará tus piernas, levantará tus brazos y tus ojos. Y cuando lo hayas hecho, cuando lo hayas dicho todo, lo ridículo y lo sublime, hasta la última palabra... entonces este momento no será una muerte, sino un comienzo, puro de sentido... y cada lágrima que has llorado brotará, y volverá a tí en torrente. Y entonces este instante brillará eternamente, como un jardín imborrable.
Sentí que un espíritu hablaba a través de mí, y me respondía con voz clara. Me señalaba una puerta, indicándome, de una vez, que debía transformar aquel día extraño, ese y todos los siguientes, en algo perdurable, pero ahora colmado de vida y propósito. Me pregunté si el arte es realmente capaz de redimir el absurdo que acecha nuestros actos como un personaje en sombras. Me respondí que esa, justamente, es su función, y no otra: la de ser, el arte, el último recurso, la leve trama final que nos sostiene antes de caer del todo, antes de ser tragados por la nada. Y lo hace, misterioso prodigio: nos sostiene, y nos levanta, lentamente, desde el silencio, como una madre. Y de nuevo, sorprendidos, estamos de pie, pero más de pie que antes: y ahora somos humanos, como antes y también renovados, humildes y poderosos. Y en ese espejo nos miramos, una vez más, y nos vemos al fin como somos, como estábamos destinados a ser: creadores, a imagen del creador; felices, a pesar de la confusión; sensibles, a pesar del dolor; vivos a pesar de la muerte.
Me levanté por fin y bordeé la orilla subido al terraplén, recordando los últimos dos años. Había deambulado por aquellos parajes andinos de pena en pena, casi atrapado, de ilusión en ilusión. La promesa y el misterio del Cusco querían decirme algo, lo sabía; pero el mensaje no me era del todo claro. Me sentía un niño solitario, interminable, hablando conmigo mismo, igual que ahora, una y otra vez. El río se había vuelto mi amigo y mi aliado. Pero lejos del río era de nuevo yo mismo, cada vez, y la vida era un torrente furioso que arrastraba al que se acercaba demasiado. Un perro se unió a mí y me siguió unos pasos, feliz y ausente. Luego se alejó sin prestarme atención. Frente a la puerta del parque, parado en la calle vacía, tuve que detenerme: una imagen me impresionó, intensamente bella: cayendo de una pared, un enjambre de flores lilas se ordenaba natural, inmaculadamente, sobre el fondo verde de una gran planta. Me quedé de pie unos segundos, las mejillas cubiertas de lágrimas resecas, asombrado. Todo se borró de mi mente, por un breve lapso: ella, el río, las nubes, yo mismo. No había nada que hacer. Había perfección: por lo visto, permeaba desde algún plano hacia el nuestro, beatífica y fractal, abierta para quien pudiera verla. Alguien salió por una puerta y temí no poder explicar lo que estaba haciendo. Me prometí no olvidar aquella visión vegetal, y me compromtí a homenajearla con palabras.
El viaje a Cusco fue igual de oscuro que a la ida. La ciudad y los árboles y las personas: todo me parecía terrible, vacío, impiadoso. Entrando en la ciudad, desde los cerros altos, unas muchachas comentaban con indignación la cantidad de perros que vivían en las calles, comiendo de la basura. Jaurías numerosas al costado del camino, desarmando bolsas, buscando comida. No supe decirme si esto también podría ser remido, elevado con palabras, expuesto en su verdadera intensidad en una hoja de texto.
-Yo creo que tendría que haber perreras, y llevar a los perros ahí -comentó una de las muchachas, desde el fondo. - Que les den dos o tres días de vida, y luego... Es que sufren más en la calle...
Las demás asintieron por lo bajo. Las escuché mientras el auto daba curvas. Justificaban de diversas formas cómo deshacerse de los perros. Una de las voces trabajaba en una veterinaria.
-Como el otro día, que llegó un perrito con las patitas de atrás accidentadas. No podía caminar solito. Hasta se hizo popó en la camilla. El doctor dijo que les pasa así, y luego los dueños ya no quieren hacerse cargo, y los dejan sueltos en la calle.
Apoyé la sien contra el vidrio. Miré la ciudad pasar de largo, y lloré con amargura. Me sentí un perro, todos los perros: los perros de la calle, que sólo se tienen a sí mismos, y a sus iguales. Y al final mueren sin compañía, y sin poder evitarlo, sin que nadie diga nada. Si eso les pasa a ellos, razoné, por qué no a nosotros. Quizá no hacemos más que esperar, hurgar en la basura, ignorándolo todo, hasta que una fuerza desconocida, una burocracia ajena y predestinada nos ponga a dormir. No hay amor, pensé. Dios ha hecho al mundo en apuros, y no ha tenido tiempo de darle un sentido.
Bajé en Puputi, pagué el boleto, y caminé durante largo rato mirándome los pies. La noche se iba adueñando de la calle. Quise ser invisible, no tener cuerpo, vacío de emociones. Me ví a mi mismo con lástima: un extranjero solitario caminando en círculos, sin nadie a quien explicar nada, sin respuestas que dar a ninguna cosa. Hundiéndome en el reverso de una relación, en el lado opuesto del amor: un amante siempre novato, extraviado sin esperanza en una mujer que pasaría la noche en otra cama, en otra ciudad. Di un rodeo arbitrario y llegué hasta Maruri, hasta las calles de piedras antiguas. Luego subí por Loreto, buscando inconscientemente la compañía de aquellos muros impresionantes, serios como una montaña, universales como el río: tan perfectos que nadie los veía. Aquella era mi cuidad, por fuerza de caminarla una y mil veces. Aquellas eran mis piedras, de tanto admirarlas día tras día. Tal vez me tocara abandonarla, ahora, me dije con pena. No es bueno aferrarse. No tenemos sitio, me recordé: no tenemos dónde sentar cabeza, donde descansar la tristeza, pues somos viajeros sin pausa. Seguir adelante: cambiar de paisaje, siempre. Nunca anclar el corazón, nunca darlo del todo. Dejar el mundo atrás, otra vez, y otra vez. Y sobre todas las cosas, necesito olvidarme de mí, del yo que soy ahora: de este trance, de este día, de esta emoción. Recordé la frase de Atahualpa: y en la mitad del camino me habré olvidado de las penas.
Pero estoy lejos de casa, razoné, y ya no tengo a dónde volver. Un lugar es igual que cualquier otro, lo sé por experiencia. Todo es lo mismo, ahora, el mismo deambular. La misma imagen, la misma despedida en falso, proyectada en loop en la memoria. Seguir, pero ¿hacia dónde? ¿De qué podría servir?
Madre, pensé. Te extraño, madre. El mundo es un sitio cruel, y estoy perdido. Todo se me ha hecho cuesta arriba, y ya no sé a dónde ir.
Subí la cuesta de San Blas, las escaleras fraternales, abiertas al mundo, a todos los seres: turistas, cholitas, fantasmas, humanos. Entré en un kiosko de paso, y compré tres tomates que no iba a comer. Me despedí de la casera con inexplicable tristeza.
Llegué arriba, abrí la puerta azul, y entré a mi habitación sin inconvenientes. Hubiera preferido tener alguno, quiero decir, tal vez para distraerme. Para no tener que encerrarme conmigo mismo una noche más, sin pensar en la claridad de su ausencia. Dejé los tomates sobre la cama y me quedé parado, mirando la nada. Entonces recordé algo: una promesa que me había hecho. Con resignada calma me senté en una silla, frente al teclado. Dudé un momento, y luego comencé este libro.